Editorial: «Vivir y Morir»

por Iker Jiménez

Escribo estas líneas en la primera noche del 2008. Con la esperanza, compartida por todos los seres humanos de buena voluntad, de paz, prosperidad y amor para el prójimo. Sin embargo, quizá como prueba directa de lo complejo y misterioso de la existencia, este año que dejamos atrás he visto la cara de la muerte más de lo que quisiera.

Con desgarro, en ocasiones, por el deceso de gentes muy queridas y cercanas, de familiares, y también de los tres maestros que, de sobra conocidos por los visitantes asiduos de esta web, ocuparán mi columna como ya ocupan una parte profunda de mi corazón.

No me gusta escribir cosas tristes, menos para comenzar una nueva vida, que es un nuevo año, y no lo voy a hacer. Aunque hable de la muerte. Esa que, aunque la sociedad masificada y pacata nos ha enseñado a temer y a esconder como un maleficio, esta ahí, como parte de nuestro devenir… porque vivir es, también, ver como otros se marchan hacia ese espacio insondable y desconocido.

Nunca he temido a la muerte. Estoy convencido de que, de algún modo, la aventura continúa. Sobre todo entre quienes estaban ávidos de conocimiento, ávidos de emociones y ávidos de dar y recibir afecto. Esos jamás mueren.

Lo que me da miedo es no vivir en plenitud. No haberme esforzado y no haber sido digno con mi propia aventura. Con mi propia misión. Con mi propio sueño. Ese que todos tenemos y que es intransferible. Porque también se puede estar muerto en vida si se traicionan los sueños. Como un zombie manteniéndose de extraña manera.

Escribo con la conmoción palpitante que me produce la noticia de la desaparición del doctor Enrique Vila. Un médico valiente que investigó como nadie el asunto de las ECM (Experiencias Cercanas a la Muerte) desde su posición de altura en el Hospital de la Macarena de Sevilla.

Un ejemplo único como persona, avalado por cientos de casos, cientos de conferencias y cientos de polémicas dentro de su gremio. Por eso mismo, por ser valiente. Por situarse, como hacen los tíos bravos, por encima de supuestas reputaciones y prestigios que siempre establecen e imponen otros -en rebaño y comanda- para acallar al que es pionero o va en vanguardia sin temor.

Enrique Vila estoy seguro de que sigue vivo, en algún lugar, surcando el prodigioso túnel de luz que tanto le fascinó y del que tanto oyó hablar a sus pacientes. Esos que confiaban en él. Esos que creían en él como él creía en un testimonio que es arquetipo de esta humanidad que ya no cree en nada pero a la que, pese a quien pese, le siguen sucediendo cosas inexplicables como les ocurrían a nuestros hermanos desde el tiempo de las cavernas.

Recuerdo a Enrique, a su esposa, tantas veces, con Carmen y conmigo, en una de las veladas más maravillosas, en mitad del Aljarafe, brindando, abrazándonos, compartiendo casos y risas. Felices de ser amigos y tener entusiasmo por vivir y por contar.

Me atrevo, y no es fácil, a abordar el recuerdo, teñido aún de dolor, del compañero Juan Antonio Cebrián. Taimados ya los sentimientos iniciales de emoción, de rabia, de incomprensión por muerte tan prematura. Pero, como al resto de amigos, no quiero dejarlos negro sobre blanco con una impronta triste. Al revés, lo veo ahora, en el estudio de Onda Cero, sonriente, recibiéndome aquella primera vez, en penumbra, cuando apenas terminaba 1995. Recuerdo como si me estuviera hablando, y revivo lo que me dijo al acabar la entrevista. Aquel santuario mágico de Pintor Rosales que hervía de ansia de saber cuando llegaba la madrugada, y aquel chispazo que surgió entre dos personas que aman la radio, el misterio y la comunicación.

Y después llegaron las cadenas, las responsabilidades y, en fin, la vida, que es compleja y emocionante cuando se compite en buena lid. Ahí está la fonoteca para saber como le valorábamos desde nuestra Nave del Misterio.

Siembre nos referimos a él con respeto y admiración, aún cuando la batalla podía ser profesionalmente más dura. Y eso lo llevaré siempre a gala. No nos cabía duda de que estábamos en diversos frentes de un mismo batallón. Eso siempre lo tuve claro. Tan claro y diáfano como que nos quedaban muchas charlas, como la que mantuvimos con Silvia, los cuatro, tan esclarecedora, tan vital, tan importante… y tan solo una semana antes.

Se que Juan Antonio ya tiene micro en las alturas. Estoy convencido. Y llegará un día en que volvamos a ser competencia allá arriba, en las estrellas de los confines cósmicos. Y seremos de nuevo amigos…

Y por último, como otro flash que ya nunca podré vivir de nuevo por lo menos en carne humana, veo a Germán. A Don Germán De Argumosa. A mi querido Germán, en su despacho. Quizá como cada una de las más de cincuenta tardes de domingo que compartí con él semana a semana, mes a mes…. Me daba la merienda y me daba clase. Horas y horas. Como un lujo que nunca pude soñar. Como un abuelo que narraba mil cosas a un absorto nieto que se asomaba a un mundo nuevo. Los dos solos, en aquella burbuja del tiempo y la sabiduría, rodeados de miles y miles de libros. Con esa forma de hablar, con esa forma de contar. Con esa forma de vivir.

Recuerdo la tarde, distinta a las demás, en que su sonrisa dio paso a una caja con diapositivas donde pude leer “Bender; Belmez 1972”. Recuerdo mi vértigo. Y recuerdo que en aquel estudio de la calle Jabirú, oculto en las soledades masificadas de las colmenas del sur madrileño vi y escuché cosas que quizá no se escuchen ni vean jamás.

Germán ya sabe cual es el secreto de las Voces Sin Rostro. Y sonreirá feliz. Y yo sé que el estará tan vivo como siempre, en algún lugar, en alguna realidad distinta a la nuestra, donde la gente que ama sus sueños, que vive con el anhelo de dar lo mejor de si misma, tiene un lugar.

Este 2008 lo comienzo así, sin ningún temor. La superstición más ignorante y popular se asusta cuando se habla de la muerte. Se hacen cruces. Se dice que de eso no hay que hablar. Y así nos va. Eso es cobardía. Cobardía a la muerte está ahí. Como parte de la auténtica vida. Como modo de valorar lo que es estar vivos cada minuto. Como realidad anunciadora y rotunda de que la vida que conocemos es un premio. Y si queremos honrar de verdad a nuestros amigos y maestros, a esos que supieron el secreto de vivir y lo exprimieron al límite, solo lo podremos hacer de una forma: viviendo cada minuto con ilusión, comprometidos con la sagrada misión que cada uno tenga.Image En mi caso, en nuestro caso, quizá en vuestro caso, la maravillosa misión de de buscar, investigar, contar y ser heraldos de esas otras realidades en las que si creemos. Y hacerlo sin miedo, sin temor a nada ni a nadie. Y con emoción profunda. Porque eso es realmente vivir.

Un abrazo cósmico y feliz 2008.

Iker Jiménez